Rutina
Te despertaste a eso de las cuatro y media; ni siquiera clareaba. Eso, claro está, no te importaba: siempre abrías los ojos a esa hora. Hiciste lo de siempre. Te duchaste, te vestiste, tomaste el primer café del día –el más cargado, entre otras cosas-, te cepillaste los dientes y te dispusiste a salir. Para ese momento ya había transcurrido una hora.
El exterior te recibió silenciosa, bajo un manto de tinieblas incipientes. No importaba: tenías la costumbre. Caminaste dos calles hacia la derecha y otras dos hacia arriba; pronto llegaría el primer autobús, el tuyo. Ya dentro de él, te sentaste en lugar de siempre: el último asiento de la derecha, al lado de la ventana. Como de costumbre, esperaste los quince minutos de siempre. Cuando te bajaste ya eran casi las seis.
Y entonces, como lo hacías todos los días, empezaste a caminar a casa. Veintitrés calles, cuatrocientos cuarenta y tres pasos, un poco menos de treinta minutos. Llegaste un poco antes de las seis treinta, te preparaste el segundo café del día –mucho menos cargado esta vez-, cuando terminaste, apagaste todas las luces y entraste de nuevo a tu habitación, te metiste entre las cobijas y cerraste los ojos. Ya eran las siete.