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24
May

Bailando con toros

Hoy, en la finca de una amiga, me hicieron, a mí y a otros amigos, una corrida de toros, digamos privada. Y, debo decir que no me pareció tan mala como afirman tantos anti-taurinos que conozco y que no sólo las desaprueban (las corridas) sino que, además, creen que dejando de comer carne van a salvar el mundo. Pero, bueno, ese no es el tema.

De entrada he de aclarar: yo no soy partidario de la crueldad con los animales, pero sí con las personas. Así que, en ese sentido, si me pareció desagradable la corrida. Por otra parte, el “toreo”, per se, me pareció una actividad interesante. En primer lugar, el torero no se mueve al azar: baila. No es precisamente un baile estético, evidentemente; es más bien un híbrido entre flamenco y paso doble. Además, por lo que observé, y por lo que me comentó nuestro torero en cuestión, él no torea en función del toro, es el toro quien debe moverse según lo quiera el torero. Tarea, me imagino, no debe ser sencilla.

Descubrí que hay una especie de lenguaje técnico sobre las corridas, aunque no son más que palabras comunes queriendo ser complicadas. El toro entra en el momento de embestir. Por lo que entendí, está “mal visto” que el torero sólo logre hacer entrar al toro por un lado: debe variar entre izquierda y derecha. Si la entrada es muy cerrada, entendí que hay que seguir con otra más abierta, cuestión de “elegancia”. Esto se logra gracias a la destreza con la que el torero maneje el capote (=el trapo ese).

Observé con detenimiento el funcionamiento del toreo. Como todo, es una simple imitación de la naturaleza, en este caso, de un ritual de caza. El torero es el depredador, obviamente. Las embestidas, las estocadas, agotar al toro, desangrarlo, confundirlo, acercarse de una manera que provoque miedo, todo eso hace parte de la cacería animal. Los leones, por ejemplo, muerden en la yugular para desangrar a su presa. Los delfines embisten a sus presas valiéndose de su sonar para, como en una resonancia magnética, ubicar los órganos internos. En fin, pura naturaleza retomada por los humanos.

Ahora, bien, esto no quiere decir que sea un fanático de la tauromaquia. Ya dije que no me gusta la crueldad con los animales y eso es lo que no me gusta de las corridas: el momento en el que la cacería se convierte en crueldad. Por ejemplo, el toro recibe, antes de ingresar a la plaza, una estocada en la espalda, que, yo supongo, debe causarle considerables traumatismos internos. Además, hay un momento en el que el toro recibe, desde un caballo, una puñalada con una lanza, que le causa una hemorragia severa, tanto interna como externa. A la larga esto lo agota y luego recibe la “estocada final”. Sin embargo (esta es la parte cruel), el toro no muere, aún: comienza a recibir puñaladas con cuchillos pequeños, que lo obligan a seguir defendiéndose, a pesar de haber perdido mucha sangre, estar malherido, agotado y, sobre todo, haberse rendido ya.

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