Epidemia
Hace unos días estuve en un foro de mi colegio. El tema era “Cultura de la Ilegalidad en Colombia” y en él participaban otras instituciones de la ciudad. Fue interesante.
El foro duraba dos días y, al final del segundo, todos nos dividíamos en comisiones con temas relacionados. El mío era “Falsos positivos y limpieza social”. A primera vista, uno podría decir que era un tema aparentemente polémico.
En fin había, en la comisión en la que me encontraba, un personaje singular. Era una joven de no más de diecisiete años, de un colegio acomodado y, aparentemente, interesada en el tema. Pero esta joven estaba enferma: de uribismo.
Y es que yo no tengo nada contra los que son uribistas. Quiero decir, hay gente superficial, gente profunda, gente inteligente, gente tonta, gente conservadora, liberal, hay uribistas, hay hasta católicos, y todos es, en cierta medida, respetable. Lo que me molesta del uribismo son los síntomas que crea en el paciente.
El primero en manifestarse suele ser la ceguera. En este caso, nuestra paciente en cuestión estaba convencida de que los falsos positivos eran solamente falsos; que nada tenía que ver el gobierno del señor presidente en estos crímenes.
Luego, a la ceguera se le suma una extraña sordera: por más pruebas que presentábamos sobre la veracidad de los falsos positivos y de la implicación directa del presidente, la paciente no se daba por enterada. Para ella el presidente es un santo caído del cielo, que debe mantenerse vitalicio en el poder por nuestra salvación. Quizás esto último sea una manifestación esquizofrénica.
Por último, y lo que más grave me parece de estos pobres enfermos, es el síntoma más notorio: la irritabilidad. ¡Porque sí que se ponen irritables! Recuerdo, en un momento, haber resaltado el papel del presidente en los falsos positivos y su necesidad de que existan. Y recuerdo, entonces, como reaccionó esta joven enferma: se fue inflando lentamente y, mientras intentaba contra argumentar mis sentencias, como su voz se iba alzando y haciendo cada vez más altanera. Ella defendería a muerte al señorito presidente.
Pero a mí no me preocupa que alce la voz; ni que se apasione defendiendo a su gobernante; ni que se niegue a ver los hechos porque no le convienen. Lo que me preocupa es lo contagiosa que es esta enfermedad. Porque, eso sí, desde hace siete años se ha venido desarrollando una fuerte epidemia de uribismo. ¡Pobres enfermitos!