Entre los muertos y el trabajo
Ese día, tuve mucho trabajo: los muertos atraen gente, y yo necesito clientes; no me puedo comer esos chontaduros yo sola. Llegaron al paradero cinco personas: tres niños y dos adultos. Parecían felices. O, bueno, eso es lo que yo supongo; después de todo, sonreían, brincaban y bailaban. Llevaban maletines, por lo que, seguramente, iban de viaje. Debían de ser pobres: iban en bus. Los pobres siempre atraen calamidades. Por eso, aunque yo lo sea, mantengo mis distancias: suficiente tengo con mis propias desgracias.
Ahora, bien, como iba diciendo, llegaron cinco individuos, todos radiantes. Los niños, desobedientes, por definición, saltaban del andén a la calle, sin siquiera mirar. Los va a pisar un carro, pensé, como regañándolos. Y, efectivamente, eso pasó. El estruendo desesperado, casi impotente, del claxon del bus. El chirrido de las llantas que con todas sus fuerzas se oponían a la inercia. En ese momento, me volteé para ver. Los padres guiados por un ingenuo instinto, se lanzaron como escudos entre sus hijos y la muerte, ¡cómo si pudieran salvarlos! Hubo, entonces, un grito generalizado.
- ¡Ay mierda! – atiné a decir.
Bajo el bus se veía un charco rojo que manaba de una fuente de cuerpos apiñados. Vi cómo la gente se acercaba. Esa noche, en mi casa, tendríamos para doble ración.