Comienzo.
Caminarás lento, algo vacilante, justo hacia mí. Nos miraremos, con la misma luz de siempre; con esa luz extraña que aparece cada vez que me pierdo en tus ojos. Dejarás que te tome por la cintura: te acercarás a mí. Sentirás mi respiración sobre tu cuello; me permitirás aspirar tu olor dulce, achocolatado.
Verás el dorso de mi mano recorrer tu mejilla, tan suave. Podrás ver mis dedos justo en el nacimiento de tus labios. En ese momento, estarás aún más cerca. Tomarás mis manos, las entrelazarás con las tuyas. Acariciarás mi cabello y me harás hacer lo mismo. Como un par de ciegos, nos reconoceremos con el tacto, el olfato, tratarás de escuchar mi respiración; lenta y acompasada.
Me retendrás con tu mirada, seguramente inundada de confusión. Querrás hacerlo, acercarte hasta donde se confundan nuestros rostros. Te morderás el labio inferior, expectante. Nuestras miradas desbordarán luz. Quizás en ese momento, cansada de esconderte tras un muro de indiferencia, me permitirás acercarme, rozarte con mis labios. Cerrarás los ojos y dejarás que me pasee por todo tu rostro, con lentos besos. Sentirás que, por último, llegaré a tus labios y recibirás un beso suave, lento. Verás como, mientras nuestras epidermis entran en contacto, tus ilusiones y las mías se fusionarán.
Cerrarás nuestra conversación devolviendo el beso. Con ese maravilloso invento de la naturaleza, me demostrarás que ya las palabras son inútiles. Y sabrás entonces todo lo que te escondí. Y sentirás como mis labios, en pequeños espasmos de silencio, se beberán todos tus secretos.
Y quizás, sea esa la última vez que te vea.